
Para cerrar bien la tarde.
… pero tengo ansiedad. Ahora mismo estoy escribiendo una historia sobre un edificio que se cae a pedazos. Siento que en el fondo es una metáfora de cómo me siento estos días. El relato comienza así:
El edificio en el que vivo está derruido y cada día me despierto con el estruendo de otro fragmento que cae.
Cat’s In The Cradle, Ugly Kid Joe
Mañana musical. Desde hace horas estoy pensando en esta canción. Aunque Ugly Kid Joe se dio a conocer con la antibalada Everything About You, el tema que los identifica es la canción que ahora coloco y que tampoco es de ellos, ni de Cat Stevens (como falsamente se acredita) sino de Harry Chapin.
La canción trata de un hombre que tiene que marcharse para trabajar y sólo mantiene comunicación esporádica por teléfono con su pequeño hijo, a quien le promete que le verá otro día. El hijo sólo atina a prometerle que cuando crezca será como él, lo cual enorgullece a su padre.
La canción da un giro inesperado, cruel e irónico cuando, pasados los años, el padre está viejo, jubilado y presumiblemente solo y ahora sí tiene tiempo para ver a su hijo. Pero el hijo le dice que está ocupado con su trabajo y su familia y que quisiera verle, pero no puede, gracias por llamar.
Entonces el padre termina con la frase lapidaria: «Mi hijo decía de pequeño que cuando sea grande sería como yo, [ahora él no tiene tiempo para mí como yo no tuve tiempo para él], mi hijo es como yo fui».

Gripe
Me está dando gripe. Pero no es una gripe normal, supongo que es una gripe nerviosa (si acaso existe la condición), consecuencia de esperar decisiones estos días en que los teléfonos suenan a cada momento sin darme respuestas o para alimentar mis dudas. ¿Para qué sirve entonces que te llamen? Cada vez que toso siento la aspereza de mi garganta; al menos sé que esa aspereza es producto de esta enfermedad (real o imaginaria). Pero tu aspereza (y tu falta de apoyo) es muy real y más dolorosa.

4 de febrero de 1992
1
Esa mañana iría al colegio. Tenía ocho años, me gustaba la política y sabía que las cosas estaban mal cuando mi mamá entró a la habitación para decirme con voz incrédula y pausada que ese día no iría a clases: había habido un golpe de Estado.
A pesar de mi corta edad, quedé más horrorizado que ella: en mi conciencia el término golpe de Estado estaba muy asociado con dictadura. La muy temida dictadura de la que me hablaron mis padres, la dictadura que imponía toques de queda y enviaba a los opositores a centros de tortura como nos enseñaron los profesores (en primer grado una profesora nos leyó un cómic sobre la dictadura de Juan Vicente Gómez, y es de la poca instrucción valiosa que recibí en el colegio). Dictadura, de ahora en adelante tendremos que acostumbrarnos a vivir en dictadura, fue palabra a palabra lo que pensé de inmediato.
2
Encendí el televisor para seguir las incidencias de un golpe de Estado que aún seguía en desarrollo y vi las primeras imágenes del día: escaramuzas en las calles de Caracas entre militares que no pasarían de los veinte años, visiblemente nerviosos o acobardados (porque, en definitiva, no tenemos una guerra desde hace más de cien años), apuntando sus fusiles hacia blancos que la cámara no enfocaba.
Varias tanquetas aparecieron por las avenidas principales de la ciudad. Pero una de ellas quedó grabada como símbolo de la chapuza golpista: una tanqueta tratando de derribar la puerta de Miraflores y que, a pesar de su peso, sólo conseguía astillarla (ya entonces daban muestras de la eficacia que demostrarían años después cuando se convirtieron en Gobierno).
3
Estaba aterrado, francamente aterrado en mi niñez. Por aquel entonces vivía en El Paraíso, junto a unos almacenes militares y no muy lejos de la sede de la Guardia Nacional. Temí que en algunos minutos empezarían a llover las bombas encima como en el Palacio de La Moneda (u otras imágenes de golpes que, entrados ya en los noventa, parecían cosa de un pasado difícil de imitar).
Los muy tranquilos vecinos de mi edificio exhibieron ese día todo tipo de armas y se alternaban en patrullas informales con el propósito no de defender a alguno de los bandos en disputa, sino para calmar la paranoia de que «bajaran los cerros» de La Vega como ocurrió en 1989.
Con las horas la información fue confusa, alarmista, trágica cuando comenzaron a darse las primeras cifras mortales de lo que empezaba a revelarse tan sólo como una sangrienta intentona golpista. En unas horas un hombre enclenque y tosco apareció en pantallas para decirle a sus compinches militares que el golpe de Estado había fracasado. Pensé qué locura darle cabida a un hombre que por planificación intelectual tenía las manos aún manchadas de sangre, un hombre que incluso era un cobarde y mal estratega militar: mientras sus compinches militares habían logrado el poder en el interior, él había fracasado en Caracas y terminó escondido en el Museo Militar sin disparar un solo tiro.
4
En la tarde, recuerdo, la situación seguía tensa. No había una sola persona en la calle. Recuerdo que empezaron a transmitir la programación regular. Era como si de pronto no hubiera ocurrido nada, o como si mis padres evitaron que siguiera viendo lo que había pasado. No lo sé. Muchos ese día apagaron sus televisores, sus radios, se negaron a conocer lo que había pasado y se acostaron a dormir para disfrutar de un día sin trabajo.
Cuando despertaron años después algunos de ellos no recordaban lo que había pasado. Otros despertaron cuando ya era tarde. Por nuestra indiferencia o, peor aún, por nuestra complicidad, dejamos que esa tanqueta, torpemente manejada, le pasara por encima al país.
Ella: tienes que escribir algo fino para grabarlo. Necesito actuar. No puedo dormir, sólo veo infomerciales.
Él: Infomerciales. 1. Camilo A. sufría insomnio y cada noche se sentaba a ver informerciales; era su única distracción. Un día empezó a comprar cada producto que promocionaban y así su casa se llenó desde aparatos que le partían en dos para resaltar los músculos abdominales hasta exprimidores que hacían el imposible de sacarle el jugo a las nueces… Un día vio a una linda chica que promocionaba un método para dormir. ¿Qué un infomercial apueste por el sueño?, se preguntó Camilo A., sorprendido de semejante contradicción. Compró el producto para probar. Desde ese momento dormía cada noche y en cada sueño aparecía la chica vendiéndole otro producto. El famoso método para dormir era un anzuelo para introducir publicidad en los sueños.* Desde entonces Camilo A. dormía 16 horas al día y ya no tenía ni dinero ni espacio en su casa para comprar todo lo que le promocionaban en sus sueños. Fin.
.
* Una serie introdujo esta idea.
No sé si ya lo publiqué por acá. Es un relato viejo, largo y que por algún motivo lo recordé esta noche.
1
Trato de evitar caer en la melancolía.
Últimamente este sentimiento es de los peores que puede demostrar una persona. El mundo siempre avanza. Nadie quiere perder el ritmo. La melancolía es, entonces, ir contra todos.
Pero… si siempre he ido contra todos.
Siempre he sido diferente a los demás, nunca me han gustado las modas y las formas sociales comunes. Siempre traté de mantenerme libre de todo aquello que no me gustaba o me parecía un molesto convencionalismo. Pero tampoco fui feliz. La soledad, aunque tema dedicado de hermosos poemas, no gusta a nadie.
Por ser diferente siempre estuve solo. Pero el siempre es solamente una licencia de fe perdida, momentánea en cualquier prosa o verso. En algún momento encontré a alguien que me inspiró a creer nuevamente en que hay un motivo para vivir. Se esconde, es difícil encontrar, pero está allí esa persona que buscamos. Ahora que esa persona se ha marchado a otro país muy lejano… ¿qué me queda?
Pero hay que mostrar fortaleza, no se puede perder la marcha aunque no queramos andar a ese ritmo.
2
La mano delgada de la chica me extendió su mocaccino. La podía esperar sentado a la mesa mientras ella regresaba. Nos acompañaba otro compañero de clases.
Al cabo de unos minutos estábamos los tres desayunando. Ellos charlaban, específicamente, charlaban sobre tarjetas de crédito y modalidades de fraude. En realidad, ni siquiera puedo decir que me exaltara oírlos planificar un delito.
Mis pensamientos trataban de explicar qué diablos había pensado mi último amigo que me queda, M. B., cuando hace mucho tiempo me dijo que yo haría buena pareja con esta ragazza de voz pausada y sibilante que ahora hablaba de crímenes. Era sencilla y su sonrisa, que no por cierto desagradable, aun así me irritaba. Es hermosa, como puede ser una estatua o un maniquí.
Me levanté de la mesa, no hacían falta excusas.
Quería refrescarme la cara en el baño, pero en la marcha me detuvo J.: acaba de montarle un nuevo equipo de sonido a su carro que nunca he visto, siempre lo he visto andar a pie. Desde que lo conozco, es la sexta vez que lo renueva. Sonreí, en realidad no soy grosero, la gente me toma como buena persona por el respetuoso silencio con el que escucho estupideces. Seguí de largo, prefería entrar al salón a esperar la clase.
En la puerta encontré a T., la acompañaban sus amigas que siempre saludo con una sonrisa que oculta mi desconocimiento de sus nombres. Ellas saben que trabajo en el mundo editorial, si bien lo que se idean de mí es más ficción que realidad. Me toman del brazo, me dan una palmada, me sonríen, por último me dicen si les puedo conseguir el último libro de Harry Potter.
«Jóvenes al borde de los treinta y hablando de Harry Potter», pensé, con malicia y desprecio. «¿Qué puedo saber yo de esa clase de literatura?»
—No lo tengo —dije quedamente, y entré al salón.
Me siento en uno de los pocos puestos que van quedando desocupados. Es el último de la fila, no me preocupa el puesto tanto más cuanto tengo que oír las conversaciones de las chicas Malibú.
Una de ellas mira atentamente a quien podría fácilmente pasar como el trainer del grupo. Ha importado una excelente merengada para definir la masa muscular. Ustedes saben cómo es eso: qué si calorías y proteínas y carbohidratos y nunca queda mal la playita y el sol para maximizar potencialmente los efectos de las merengadas importadas y labeleada por la FDA y gauranteedea por su compañía que sólo trae calidad.
Exclamaciones.
—Pero ¿aumenta la masa cerebral?
Se me quedarían mirando fijamente. Mi humor tiene la particularidad que es excesivamente personal: para los demás es insulto, ahora sólo surte efecto en mí. Pero ya no tengo ganas de reír; desde que ella se marchó del país sólo me queda la melancolía de risas pasadas y compartidas. No digo nada.
Me levanto, prefiero salir del salón, mirar el cielo quizá me distraiga de esta nueva realidad a la que me debo acostumbrar desde su partida: es una mañana lluviosa de julio, al menos traje mi iPod y suena Disorder de Joy Division. Tampoco es un día tan malo mientras oiga mi música. Mi música ha sido una de las pocas cosas que me individualiza y a la vez me vincula con personas similares con los que pasé mejores y gratos momentos de compañía, creo. ¿Sabrá el chico de las merengadas o la lectora de J. K. Rowling quién es Ian Curtis?
Tampoco me interesa saberlo.
Alguien me llama: son los chicos con los que desayunaba: me estaban buscando, me uno al grupo nuevamente.
Ahora hablan, ja…, casualidades, de que la lluvia es depresiva y melancólica.
—Es mejor el sol, ¿no? —pregunto.
Asientan todos.
Al menos, disimulo bien que por dentro llevo años desmoronándome lentamente. Porque, en fin, ¿a quién le interesaría ver cómo cae cada pieza? ¿Quién se ocuparía de levantarme, cuando puede así perder el ritmo?
El vacío y el aburrimiento de ahora sólo traen la melancolía por tiempos mejores, y la melancolía atenta contra la humanidad.
Todo marcha hacia delante.