No bailo
Mi sentido del ridículo es tan agudo que no me lo permite.
Nota: debí haber nacido en un país frío o de los que llamamos fríos o de los que creemos que son fríos: Islandia, Inglaterra o Alemania.
Mi sentido del ridículo es tan agudo que no me lo permite.
Nota: debí haber nacido en un país frío o de los que llamamos fríos o de los que creemos que son fríos: Islandia, Inglaterra o Alemania.
A las personas que a pesar de estar conscientes de que no saben beber, lo hacen y luego terminan vomitando.

Fordelucs - Tributo a Dermis Tatú, en el Moulin Rouge.
(Mucho después descubrí a quién pertenece esa oreja inoportuna que se interpone).

Noche de Dermis Tatú en el Moulin Rouge.
Siento que la empresa en la que trabajo inició sus operaciones sobre un viejo cementerio indio.
Hoy he contabilizado que, en los últimos años, varias personas relacionadas a la empresa han muerto o enfermado de manera imprevista: uno murió en un accidente automovilístico, una chica con vida saludable enfermó de cáncer de lengua y nunca más supe de ella, una chica enviudó después de que su esposo (Guardia Nacional) fue asesinado por un policía (CICPC) en una disputa que mezcló faldas y robos a casinos y blindados, el contador fue diagnosticado con cáncer terminal, una secretaria (la que acapara más o menos el 60% de las desgracias) padece la misma enfermedad, un bebé recién nacido murió de muerte súbita.
En fin, deberé planificar un próximo viaje a Sorte.
Rapture, Laura Veirs
Esta canción me pone de buenos ánimos, es poesía pura.

1
He leído el peor libro de mi vida. Es tan malo, pero malo de verdad, que no merece ni una crítica literaria, ni que mencione su título ni autor (no porque lo conozca personalmente, sino porque no deseo que la indexación de Google lo coloque en sus listas de búsqueda, cosa que no merece este bodrio).
La editorial que la publicó es del Estado venezolano. En estas cosas se van nuestros impuestos.
2
Gracias a ese bodrio (coloco en imagen un texto representativo) me he reído burda: con una amiga empezamos a reescribir las historias, y el ejercicio de creatividad fue asombroso.

Cuando yo me enteré del fallecimiento de Cayayo Troconis me encontraba fuera de Venezuela. Recuerdo que mi hermana me visitaría los primeros días de diciembre de 1999, y le pedí que por favor me llevara el disco original de Dermis Tatú, porque era lo único que extrañaba de este país del que había salido para nunca más volver.
Todos los días desde que había salido de Venezuela oía un casete mal grabado de Dermis Tatú. Cuando llegó mi hermana me alegré de que tendría el disco para copiarlo en mi computadora. Pero lo primero que me dijo, con algo de indiferencia, fue que Cayayo había muerto a finales de noviembre. Quedé sin palabras. Ni siquiera tuve oportunidad de sentir tristeza, ni pena, nada. Sólo una especie de vacío de encontrarme ahora en un país extranjero y haber perdido el único vínculo que me quedaba con este país con el que siempre he tenido una relación de ambigüedad.
A los pocos meses, contra mis pronósticos, regresaba a Caracas. En el equipaje traía de vuelta el disco de Dermis Tatú. De regreso encontré que la costa de Venezuela había cambiado y la tristeza era general. Este no fue el único cambio que percibí. Para mí durante ese viaje muchas cosas se perdieron.